
Esta es una muestra de mi trabajo literario. Incluyo, además, algunas obras que me resultan muy gratas. Después de varios años de trabajo, intento que esto sea un vinculo con los que coincidan conmigo (o no). En todo caso, he aquí el texto.





Hará como un año que terminé de escribir un poema largo llamado "El sol". En el recital Himnos Sacros y Canciones Paganas aparecieron varios fragmentos de la obra. Hoy, transcribo una sección breve. Es la escena en que el disco desviado por Céfiro o Eolo golpea la sien del muchacho. Apolo llora sobre el cuerpo, mezclando lágrimas con la sangre de su amado, para crear una flor que lo recuerde.
Es la doctrina de Epicuro bien entendida –no imaginar a Epicuro obeso, ebrio y decadente per se; es mirarlo obeso, ebrio y decadente por no poder estar él satisfecho, alegre y ser valiente. Para vivir bien -bien, en el sentido nietzscheano- hay que ser un temerario. No queda alternativa. Esa falta de alternativa no es ni debe parecer un aliciente a nadie. Es una pena, una inevitable pena. También decía Baudelaire en esa misma obra: hay que estar siempre ebrios: de vino, de virtud, de poesía, a vuestro antojo. Nótense las posibilidades.La opción contraria: falta de erotismo, abstemia, pragmatismo obsesivo, conduce a la enfermedad del alma. La gente mira el hastío no como al enemigo que es sino como un bien doloroso, hijo del sacrificio, hermano de la buena reputación, suegro de la responsabilidad… ¡Toda una parentela tenebrosa! No pocas veces he sido testigo de este deterioro espiritual (mis amigos, los psicólogos, le llaman con un tecnicismo: depresión). Es así como parientes y conocidos enteramente sanos terminan haciéndose adictos a los programas de televisión amarillistas, a los periódicos –toda clase de ellos-, a las religiones –toda clase de ellas-, a las enfermedades, CCSS, a la automedicación, a los obituarios, catástrofes, sucesos, etc. ¡Cuánto menor daño les harían las drogas comúnmente ilegales! Y aunque el daño fuere el mismo, por lo menos la piedad de éstas con su menor tardanza ¿no mejora las sutiles larguezas de aquéllas?
En efecto, considero que el daño del opio material no supera el del etéreo morbo del hastío.
No soy ingenuo sobre las dificultades de renegarse contra la moral mediocre de un pueblo supersticioso. Es claro que, al igual que el triste inquilino buadelaireiano del piso alto que dejó caer objetos contundentes sobre el vidriero convencional aquél, es menester un enorme aplomo, un deseo de transcender el dolor y una valentía aquilea. Mas, ¿si no podemos detentar esas virtudes, nos es también vedado soñar con ellas? ¿No podemos hacer esporádicos simulacros de alegría? ¡Salvarnos de la atroz adicción al sufrimiento?
Ante este mal, no veo un remedio más allá del eros. El eros que no ha sido corrompido por la culpa, que no se ha escindido de su naturaleza material. Allá donde vino y opio no se distinguen de los ornamentos, tocados y galas de un tálamo –quizás efímero.
He conocido una serie de caballeros compatriotas que a menudo visitan Europa. No son miembros de la pujante burguesía del país. La verdad, ocupan puestos modestos que –gracia de nuestro sistema democrático- les reditúan lo suficiente para financiar su caro periplo.
RURSUS IN URBE! ¡Otra vez, la gran prostituta! Y el ánimo ma ha rendido para entregarme a su oscura voluptuosidad con licenciosidad y urgencia. !Uf! ¿Eso es todo?